Contigo en la distancia

Contigo en la distancia

Opinión

Luis Beiro

Nada se parece más a la política que un terreno de béisbol. Allí se encumbran las pasiones. Para muchos, un jonrón por el jardín izquierdo vale más que otro similar por el derecho. Si un bateador derecho saca la bola del parque por su mano equivocada, el batazo vale lo mismo, aunque los vítores sean menores. En ambos casos no existen diferencias en carreraje ni de intensión. En el mundo, al igual que en el deporte, solo hay dos bandos. Y el problema es no saltar espacios porque si la bola sale del parque después de la línea de foul, la conexión se anula.

Por el centro, sacar la esféride trae sus riesgos, no solo por la distancia mayor, sino porque el fildeador solo corre adelante o hacia atrás.

Igual sucede en muchos deportes individuales y de conjunto. Pero el fanático no lo ve de ese modo porque, al igual que en política, lleva sangre deportiva.

Esto entraña una realidad más drástica: el deporte y la política son fuentes de entretimiento.

Mi abuelo Everaldo simulaba una locura en la que nunca creí. Además de escribir novelas manuscritas en un solo ejemplar, fue sindicalista y un marcado seguidor de ideas de justicia social. En su retiro cubano, meses antes de morir, comenzó a mirarme con recelo cuando mi madre le informó mi plantilla de joven comunista: “Ay, mi nieto, ten cuidado, yo los conozco desde el año 30”. Pensé que confundía fechas, pues intuí la Revolución Rusa de 1917, y no la tiranía machadiana cubana. Pero no. Everaldo fue separado de su cargo por quienes debían apoyar sus ideales. Nunca fue político, ni oportunista, sino un simple zapatero preocupado por la suerte ajena. Desde ese día comprendí los vaivenes del poder.

Everaldo falleció convencido de su fallida estrategia juvenil. Por suerte, algunos de sus vecinos pudieron leer, gracias a su buena letra, las novelas que dejó escritas por su propia mano y que hoy no deben existir.

César Portillo de la Luz compuso el bolero cubano más famoso: “Contigo en la distancia. Lo hizo por los años 50 del pasado siglo en el callejón habanero de  Hamel, cuando apenas era un muchacho reunido con otros de su edad, en la vivienda de su colega de arte, Ángel Díaz. A su muerte se han develado dudosas teorías sobre la influencia de aquella pieza inmortal con el jazz. Lo cierto es la sobrada emoción que se respira al escuchar ese himno al amor, reactualizado por artistas como Andrea Bocelli y Plácido Domingo, entre muchos otros.

Fui amigo de don César, a pesar de su carácter controversial, seco, sufrido. Fue muy injustamente atacado por algunos fundadores de la Nueva Trova Cubana. Sus pecados fueron su humildad y haber llegado tarde al reparto del botín.

Nunca olvidaré cuando me anunciaron una lectura de textos en la Casa de la Cultura de San Antonio de las Baños junto al canto de Don César.

Tres jóvenes poetas, mi padre, el afamado compositor y su guitarra componíamos la brigada cultural. A la entrada del pueblo, advertimos el peligro en la lectura de un gran cartel colocado a manera de bajante amarrado a un poste telefónico. El texto, más o menos decía:

“Hoy Casa de la Cultura 9.00 p.m: Grupo Hermanos Saíz (nosotros, los poetas), Cesar Portillo de la Luz y nuestro Silvio Rodríguez… No faltes”.

Al llegar al sitio indicado, tragamos en seco. Una multitud se congregaba a la entrada de un local que de por sí, ya estaba repleto de gente.

Silvio Rodríguez había nacido allí. Esa era su patria chica.

Los tres poetas salimos a escena de entre unas cortinas rojas que adornaban las bambalinas y ocupamos espacio en unas sillas plegables. Un micrófono altisonante completaba aquel cuadro que hubiera sido aplaudido por un pintor abstracto. Cada uno leímos cinco textos breves . Yo fui el último y mi interior comenzó a sazonar supersticiones cuando aquellas gentes comenzaron a clamar: “Silvio, Silvio… ¡Que cante Silvio!…”.

Don César salió por entre las mismas cortinas rojas, guitarra en ristre. Afinó sus cuerdas delante del micrófono y, antes de comenzar su canto, advirtió: “El que vino aquí a disfrutar de un show se puede ir ahora mismo a su casa. Esto es un acto cultural y no un desfile de estrellas”.

Un silencio sepulcral se adueñó del ambiente y, antes de terminar su primera pieza, el público se fue marchando de allí. Al final solo quedó el maestro con sus canciones, mi padre y los tres poetas que no cesamos de aplaudirlo.

Lo sacamos por una puerta trasera, pues la multitud se sintió ofendida debido a sus palabras y lo esperó en la calle, con piedras, palos y varillas, para ajustarle cuentas.

En nuestros próximos encuentros, no le recordé aquella historia. Cuando volvíamos a vernos, ambos inclinábamos la frente en señal de mutuo respeto. Y nada más. Don César falleció y otros se encargaron de poner sobre su tumba la flor que yo no pude. Solo en la distancia recuerdo, su voz, su guitarra en ristre y su orgullo por su generación “perdida” que sí supo disfrutar su música, tanto a la izquierda como a la derecha de un terreno de béisbol.

Redacción

Redacción

Periódico Digital, El Mundo de los Periodistas - Siempre Tras La Verdad. Entérate de grandes noticias, Nacionales, Internacionales, Entretenimiento, Deportes, y otras más.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *